En este punto de partida el Monte Mediterráneo es quien cobra protagonismo, con la encina como actor principal, pero con una presencia muy importante de sotobosque de especies aromáticas.
En este punto nos separamos ligeramente del camino para asomarnos a un balcón natural que nos permite contemplar las dehesas del Gansino y Aldeagordillo y el resto del valle.
Estas formaciones graníticas que han ido cobrando mayor presencia desde el inicio de la ruta se denominan berrocales y son ejemplo de un relieve granítico más modelado por procesos geológicos de larga duración.
Esta construcción es una de las evidencias destacadas del neolítico en la meseta central. Se compone de una cámara funeraria de forma poligonal, delimitada por grandes losas de granito, que formaban las paredes del sepulcro.
En este último tramo el encinar gana protagonismo, con encinas de gran porte que suman cientos de años de presencia. Algunas sirven como atalayas para que diversas aves observen su zona de campeo o construyan sus nidos.